Rezension über:

José María Monsalvo Antón: La construcción del poder real en la Monarquía castellana (siglos XI-XV), Madrid: Marcial Pons 2019, 550 S., ISBN 978-84-16662-69-2, EUR 35,00
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Rezension von:
Fermín Miranda García
Universidad Autónoma de Madrid
Redaktionelle Betreuung:
Javier Albarrán Iruela
Empfohlene Zitierweise:
Fermín Miranda García: Rezension von: José María Monsalvo Antón: La construcción del poder real en la Monarquía castellana (siglos XI-XV), Madrid: Marcial Pons 2019, in: sehepunkte 21 (2021), Nr. 5 [15.05.2021], URL: http://www.sehepunkte.de
/2021/05/35131.html


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José María Monsalvo Antón: La construcción del poder real en la Monarquía castellana (siglos XI-XV)

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La siempre impecable producción editorial de Marcial Pons pone a nuestra disposición un nuevo y ambicioso trabajo del catedrático de la Universidad de Salamanca, José María Monsalvo. El autor lleva varios años proporcionando interesantes estudios a caballo entre la síntesis y la reflexión historiográfica, siempre sugestivos y, por ello mismo, igualmente susceptibles de generar la sana discusión que se espera -o debería esperarse- de análisis de este calado. Y esto es así desde el propio índice, que en su primera parte proclama que en 1035/37 ya existe un "reino de Castilla" que cuenta con una monarquía feudal "en apogeo", o que en la parte III, pese a señalar "el triunfo de la monarquía centralizada", no duda en introducir un último capítulo sobre "Ideologías en disputa", que, al menos en apariencia, parece desmentir la proclama previa.

El contenido se estructura en tres grandes apartados que, a su vez se articulan en otros tantos capítulos de esquema parecido.

La primera parte, bajo el título de "El apogeo de la monarquía feudal (1035-1252), nos sitúa en el periodo que se inicia con el ascenso al trono, primero condal y luego real, de Fernando I y culmina con la muerte de Fernando III. El capítulo inicial sobre Los pilares del gobierno regio. Rey y aristocracia feudal, se extiende sobre las bases territoriales -señoriales y administrativas- de la monarquía, y en torno el papel cambiante de la nobleza. La falta de un modelo jurídico único (¿?) y los problemas de lo que el autor denomina la "vieja fiscalidad dominial" cierran un ciclo que pretende subrayar el punto de partida, la influencia de los grupos aristocráticos -de cuyo análisis excluye deliberadamente a la Iglesia- sin los cuales el propio concepto de poder, tal y como se concibe en ese momento, pierde parte de su sentido.

El segundo capítulo (Nuevos instrumentos. Elevación jurisdiccional regia y cambios en la organización territorial) nos sitúa a finales del siglo XI y comienzos del XII, en un escenario de reajustes cuyo objetivo evidente, no siempre conseguido, es el reforzamiento del poder central siquiera sobre la base del apoyo de ese segmento nobiliario y la articulación de un modelo de administración central y territorial no tanto novedoso como re-articulado, aunque la presencia cada vez más pujante de los concejos le dote de una mayor singularidad. Incluso la impartición regia de justicia parece afianzar determinados modelos por encima de la "pluralidad jurídica". Por supuesto, no podía faltar la referencia a las Cortes, su nacimiento y su capacidad representativa, donde el autor parece alinearse con los postulados de autores como el tristemente fallecido prof. Estepa. Y también en este apartado, lo que el prof. Monsalvo denomina la "superación de la fiscalidad dominial arcaica", mediante la potenciación de aquellos recursos tradicionales pero característicos del poder regio, y la renovación de los sistemas de pago en los más claramente señoriales. La guerra, y de modo singular la guerra contra el islam, como instrumento de poder y hacia la que converge la legitimación de buena parte de los procesos anteriores, cierra el capítulo.

Por último, para esta parte, el capítulo 3 recrea las bases ideológicas y su plasmación historiográfica, literaria o ritual. Un repaso a los pensadores y su reflejo en los textos peninsulares, a las nuevas visiones que se vierten con la extensión del derecho romano o las ideas de Juan de Salisbury, y cómo todo ello se refleja en la evolución que manifiestan las crónicas hasta los grandes títulos de la primera mitad del XIII, pero también en los espacios para la memoria, con una atención singular a los de carácter funerario, y a la simbología del poder.

El segundo gran apartado ("El despegue de la soberanía regia (1252-1369)") apoya su apertura en un clásico historiográfico: el reinado de Alfonso X como principio de casi todo lo posterior. J.M. Monsalvo se resiste aquí a los cantos de sirena que proponen una continuidad entre los esfuerzos renovadores de Fernando III y los de su hijo y mantiene la cesura que los historiadores vienen marcando desde, al menos, el siglo XIX. Ni siquiera le ha tentado la posibilidad de establecer como referente simbólico la convergencia de las coronas de León y Castilla en 1230 y las necesidades surgidas de tal proceso. En el otro extremo, el cierre coincide con el traumático paso a la dinastía Trastámara.

En los capítulos que conforman esta segunda parte se repite el modelo del rey Sabio como promotor de iniciativas de todo tipo, de las considerables dificultades e imponderables para la puesta en marcha de muchas de ellas y de cómo los resultados no llegaron, en la práctica, y cuando llegaron, hasta los reinados de Alfonso XI y Pedro I. Legislación, cortes, fiscalidad, administración regia sobre el conjunto del territorio; las bases de la monarquía "de Estado" en última instancia, frente a la resistencia y con la colaboración (el "rozamiento" las llama el autor) de las fuerzas del reino singularizadas, una vez más, en nobles y oligarquías urbanas.

Obviamente, el capítulo dedicado a las bases intelectuales de este periodo se apoya en la amplísima producción desplegada en esta centuria larga, no solo durante el propio reinado de Alfonso X, sino con los sucesores o en los círculos altonobiliarios que a un tiempo sustentaban el poder regio y lo pretendían limitar.

La tercera parte, "El triunfo de la 'monarquía centralizada' (1369-1474)", constituye quizás el mejor ejemplo de la historiografía de las últimas décadas. Frente a la imagen tradicional de una monarquía sometida a las voluntades y veleidades de los grandes clanes nobiliarios presididos a menudo por parientes dinásticos, se aprecia con claridad el lento pero imparable proceso de afirmación institucional sobre las bases articuladas en la centuria previa.

El contrapeso de esas fuerzas habría contribuido a introducir importantes matices en instituciones como el Consejo Real o las Cortes, o en el despliegue de los ejércitos, pero en conjunto la construcción de las estructuras de estado (fiscalidad, burocracia, estabilidad de los cuadros territoriales) resultó imparable. Una dicotomía favorable a la autoridad regia que tendría su manifestación paralela en los modelos ideológicos, donde parecen recuperarse los viejos debates de los siglos XII y XIII sobre autoritarismo y pactismo o sobre el peso del goticismo. En paralelo, la ritualización ceremonial y simbólica de la realeza, su exhibición pública incluso, se explotará de modo singular en los momentos en que la institución pareció contar con mayores problemas.

J.M. Monsalvo reserva un breve epílogo de apenas cinco páginas para la desembocadura de todo el proceso en los Reyes Católicos. Parece evidente que, para él, el mundo medieval castellano se acaba con la convergencia dinástica de los Trastámara castellanos y aragoneses y sus "cambios institucionales determinantes".

A partir de este sucinto resumen, obligado por la necesaria parquedad de una reseña de este tipo, cabe aportar alguna impresión, más breve todavía, que ya ha podido anticiparse en las líneas anteriores. Decía Benedetto Croce en su frase más famosa que "toda Historia es Historia contemporánea", en alusión a la imposibilidad del historiador por deshacerse de los condicionantes de su tiempo al interrogarse sobre el pasado. En este caso, quizás podría parafrasearse al historiador y pensador italiano y plantear que, en su sólida síntesis, para el prof. Monsalvo toda historia de Castilla es historia del siglo XV, incluso historia del tiempo de los Reyes Católicos, pese a que queden fuera de su análisis.

De algún modo, la impresión de quien esto suscribe consiste en que el argumento central del relato se apoya en destacar todos aquellos elementos conducentes al resultado final y poner en negativo, por caducos, los que pudieran obstaculizarlo. Se trataría, en cierta medida, de leer el siglo XI, donde comienza el estudio, y los posteriores, desde la atalaya de Isabel y Fernando, construyendo así una "recta vía". Tan solo un par de ejemplos: la definición como "tributación arcaica" de los tipos de ingresos propios de la monarquía en los siglos XI y XII, y que eran comunes a todo el occidente europeo; o la imagen latente desde las primeras páginas, con la entronización de Fernando I, de que el predominio de Castilla sobre el ámbito que da sentido a la obra, y que al menos hasta ese momento cabía denominar reino de León, o incluso sobre el conjunto de la Península, resultaba inevitable. En relación con ello, no se entienden bien expresiones como "detractores de la historia de Castilla" para quienes dan una visión distinta de ese proceso.

Se trata de una elección legítima, y hasta es muy posible que la percepción del autor, y de muchos lectores, resulte distinta, pero no deja ser una imagen que quienes se dedican -nos dedicamos- a los primeros y no tan primeros siglos medievales perciben más de una vez en este tipo de obras. No parece conveniente leer el pasado como si el resultado de los diversos procesos históricos solo hubiera podido ser el que fue.

Una última objeción de cierto calado. El autor prescinde conscientemente en su análisis de la Iglesia ("lamentablemente sacrificada", señala). Obviamente, muchos eclesiásticos se asoman a las páginas. Pero obviar en conjunto a una formidable maquinaria institucional y jurídica que actuó tanto a favor como en contra de esa construcción del poder real, obliga en ocasiones a realizar ejercicios de abstracción y comprensión relativamente complicados.

Todo ello no es óbice, antes al contrario, para definir este estudio como una obra de indudable interés para el conocimiento amplio de la complejidad en que se desarrollan los procesos políticos de la Corona de Castilla. Que el debate sobre su contenido esté servido es la mejor muestra de ello.

Fermín Miranda García